Buenos Aires, ciudad amada, ciudad odiada, ciudad eterna... Nací en un cálido sábado de enero de 1987 en esta magnífica ciudad. Me considero porteño de pura raza, hablo con el típico acento que todos generalizan y atribuyen al país entero (pero que en realidad es sólo oriundo del área rioplatense). Insulto, grito y muevo las manos al mismo tiempo bien a lo «tano». No duermo siesta (¿y eso?) y mi rutina termina usualmente pasadas las 00hs.

Buenos Aires es una ciudad que genera sentimientos y opiniones encontradas. La podés amar o la podés odiar con toda tu alma hasta que la bilis de tu hígado te salga por la boca. Muchos extranjeros la aman desde un primer momento, incluso eligiéndola como morada por varios años o de por vida. Otros, al tener una mala experiencia (lease: te robaron la cartera o el celular -- ¡Hola! ¿En qué metrópolis no sucede esto?) le hacen la cruz para toda la vida. 

Los locales tenemos una especie de amor-odio para con nuestra ciudad. Todos los días puteamos a dos voces porque el transporte es deficiente, porque nos cortaron una calle o avenida, porque la ciudad está sucia y las calles llenas de baches, por la impunidad con la cual se mueven los chorros al estar amparados por policías corruptos, etc. Pero eso sí: Que uno de "afuera" no nos venga a decir nada malo sobre nuestra ciudad porque lo corremos con una escoba hasta Ezeiza y lo consideramos persona no grata. 

Creo que ese amor-odio local por Buenos Aires es algo típico del porteño y de los argentinos (con sus respectivos lugares y costumbres). A los argentinos, admito, no nos gusta escuchar algo malo sobre nosotros o sobre nuestras cosas. Nos puede estar yendo para el traste pero GUAY que nos digan algo al respecto. No admitimos que nadie ponga su nariz en nuestros asuntos pero eso sí, nosotros tenemos todo «EL DERECHO» de no solo poner la nuestra en cuestiones ajenas sino también de opinar al respecto. 

La verdad no sé de quién heredamos esta actitud de «snob celebrities» cuando en realidad todavía estamos muy lejos de comer caviar todos los días. Quizás sea el lado oscuro de nuestra herencia «tana» y «gallega» o el resultado de discursos políticos, que a través de todos estos años de historia engrandecieron el ya «inagrandable» orgullo nacional.

En lo personal amo mi ciudad. Es un sentimiento indescriptible que se va acumulando a través de los años. Amo tener acceso a todo medianamente cerca, amo la cuantía de los medios de transporte, amo los edificios, monumentos y la historia y cultura que se respiran, amo el ajetreo y el ritmo que tiene la ciudad, etc. Pero como existen cosas con las cuales simpatizo, también hay otras que detesto con toda mi alma. No me gusta que la ciudad esté sucia, que los propios vecinos sean tan poco solidarios y no cuiden lo que en el fondo les pertenece. Si bien el sistema de transporte es medianamente eficiente, éste podría estar manejado de una mejor manera. No me gusta que por cualquier cosa la gente corte las calles y avenidas «cagándose» en todos aquellos que nos vemos afectados. No me gusta el vandalismo y lo poco que hace el Gobierno local para reducirlo. Tampoco estoy de acuerdo con que haya gente que te «extorsione» pidiendo dinero para poder estacionar tu auto ni que la policía en vez de cuidarte a vos termine amparando a los delincuentes. La mayoría de estos «muertos» se vienen arrastrando desde hace décadas por culpa de políticas y de gobiernos nacionales incompetentes, no es algo de ayer.

Somos un país rico y tenemos un potencial tremendo por explotar, ¿por qué siempre nos quedamos en la nada? Nuestros vecinos avanzan, quizás no a pasos tan agigantados como, por ejemplo, en Europa, pero en el fondo las cosas se hacen y se cumplen ¿Por qué nuestro país se convirtió en una eterna fiesta de 15 en donde, lamentablemente, parece que nos hemos quedado en la parte del tristísimo carnaval carioca? ¿Es tan difícil hacer las cosas bien? ¿Es tan difícil consensuar en vez de pelear como nenes de jardín de infantes o como adolescentes para ver quién la tiene más larga? ¿Es tan difícil educar a las nuevas generaciones en forma integra? ¿Es tan difícil resistirse a la tentación de robar o vivir en base al esfuerzo de otros? Amo mi país, amo mi ciudad pero a su vez siento una lástima y tristeza enorme al ver el reflejo en que se ha convertido la sociedad argentina. Antes se respetaban a los ancianos, hoy de un «Eh vos, viejo/a de mierda» no pasamos. Antes se cumplían las reglas a rajatabla, hoy si lográs viajar en el tren sin boleto sos un «capo».

A veces siento que no nací en la sociedad correcta, otras veces siento que el limbo en el que vivo lo tengo más que merecido.

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